Algunos de los que me conocen del MundoReal™ saben que suelo llevar una piruleta en el bolsillo. Algunos pocos menos saben el por qué.
Todo ocurrió la noche de un viernes cualquiera. Salí de casa bastante pronto para ser un viernes. Antes de marcharme cogí una piruleta que había comprado días antes (hay otra historia de por qué la compré. Puede que la cuente en otro post). “Quizás me sea útil” pensé. Y lo fue.
Volví pronto a casa. Sobre las 0:30 del sábado estaba en el Metro de Nuevos Ministerios esperando la llegada del tren. Y llegó, entré en el último vagón y me senté. No había terminado de sentarme cuando un grupo de chicas se pararon en el andén. Estaban despidiendose de otra muchacha que iba cargada con dos maletas en las manos y una mezcla de tristeza y pena en el resto del cuerpo.
Sonó el silbato del tren anunciando su inminente puesta en marcha y la muchacha entró en el mismo vagón en el que estaba yo. Era una chica no muy alta ni muy delgada. Pelo rubio con mechas de colores y de ojos claros. Ojos que al cerrarse las puertas del metro e iniciar su marcha se llenaron de lágrimas. Se puso de cara al final del vagón, donde nadie la viera, y rompió a llorar.
“Quizás me sea útil” pensé al salir de casa, y supe que para aquel era el momento y el lugar para la piruleta. Saqué la piruleta del bolsillo mientras me aproximaba al final del tren. La verdad es que no sabía muy bien que decir… así que no dije nada. Me limité a extender el brazo, poniendo la piruleta en su linea de visión. Ella tampoco supo que decir. Simplemente pasó de un llanto desconsolado a una risa reconfortante. Ya más calmada, consiguió articular palabra. Algo evidente, previsible, pero no por ello menos mágico.
- Gracias
Cuando termino de secarse las lágrimas me contó su historia. Era italiana. Llevaba seis meses en Madrid de erasmus y partía esa misma noche hacia Roma. En los cortos 15 minutos de conversación que tuvimos hablamos de su estancia aquí, de las diferencias con respecto a su país, de trabajo, de música, de mi voz, de su batería, de mi pelo, de sus mechas, de las propiedades terapéuticas de las piruletas y de “la vida en general”.
Llegamos a la parada del aeropuerto y nos despedimos. Me abrazó como no lo ha hecho nadie en mucho tiempo, me dio dos besos y nuevamente dijo Gracias.
No recuerdo su nombre. Ni si quiera creo que la vuelva a ver nunca (bien hecho Alex, podría ser el amor de tu vida y ni la pediste su correo ni nada). Lo que si recuerdo con cariño es su mirada de agradecimiento, de “me has alegrado el dia”. Es algo que no olvidaré jamás. Así como tampoco olvidaré que por muy grande que sea lo que hagas, lo que de verdad te une a las otras personas es el poder de las cosas pequeñas.
Desde aquel día suelo llevar una piruleta en el bolsillo. Quizás me sea útil…
El conocido “Efecto Piruleta”
Respuesta razonada: La calidez humana es un bien escaso que está en peligro de extinción. La empatía hacia los demás y los pequeños detalles gratuitos que hacen sentir bien a los demás es un tesoro que no se paga con dinero. Un aplauso por tu gesto y una felicitación por la calidad de tu corazón.